dijous, 31 de juliol de 2014

Celestina


Salutacions nocturnes,

Ahir vaig topetar per casualitat amb La Celestina, la pel·lícula de Gerardo Vera. No l'havia vist sencera abans i mentre la visionava, em va despertar el recel cap a la proverbial Romeo and Juliet. Recel perquè si he de quedar-me amb una de les dues, trie l'espanyola i no per cap estima nacional, sinó perquè trobe que resulta molt més propera  i, per què no, realista. Fora dels personatges shakespereans, La Celestina està protagonitzada per una prostituta i l'obra està plena d'un cor de la més baixa classe social.
Puntualitze: adore Shakespeare! L'idolatre! No obstant això, la meua empatia la desperta el personatge amb més dosi d'humanitat, çò és: passió, ignorància, excés, egoisme, etc., i entre la tragèdia anglesa i la castellana, sense dubte és la segona la que s'acosta més.

Més enllà dels rius de tinta que ha fet córrer l'obra de Fernando de Rojas i en els que no podria entrar per la meua mancança de coneixements de tota mena, com a lectora profana, m'encisa la quantitat de reflexions que desenvolupa el fil argumental:

"Ninguno es tan viejo, que no pueda vivir un año ni tan mozo, que hoy no pudiese morir".
"La ajena luz no te hará claro, si la propia no tienes".
"A quien dices tu secreto das tu libertad".
"No es vencido sino el que se cree serlo".
"Del pecado, lo peor es la perseverancia".

El filme és francament recomanable. El vaig gaudir!

A un dels fragments que més m'agraden, Gerardo Vera ha emmarcat la imatge de Melibea sobre un fons blau i tocada amb un vel blanc brodat amb fil d'or que cobreix els seus cabells rossos mentre prega agenollada m'entusiasma, sobretot pel fet que la jove encara conserva la seua virginitat, es troba en oració front a una imatge de la Verge i el plànol remet directament a l'imagineria de la mateixa. A més a més, el citat vel no tornarà a aparèixer un cop s'haja trobat amb Calisto, una metàfora visual més de l'himen femení.
No obstant això, la qüestió més interessant per a mi és que, lluny de representar la innocència de Melibea, Penélope Cruz té uns llavis força sensuals que destaquen en tindre'ls entreoberts. Això junt amb la lluentor dels ulls vidriosos, es limita a anunciar la seua unió amb Calisto, quelcom que l'espectador teòricament ja sap (o almenys, intueix).

Avui simplement vull deixar un dels meus fragments preferits: la trobada entre els amants.

MELIBEA.- La sobrada osadía de tus mensajes me ha forzado a haberte de hablar, señor Calisto. Que habiendo habido de mí la pasada respuesta a tus razones, no sé qué piensas más sacar de mi amor de lo que entonces te mostré. Desvía estos vanos y locos pensamientos de ti, porque mi honra y persona estén sin detrimento de mala sospecha seguras. A esto fue aquí mi venida, a dar concierto en tu despedida y mi reposo. No quieras poner mi fama en la balanza de las lenguas maldicientes.

CALISTO.- A los corazones aparejados con apercibimiento recio contra las adversidades, ninguna puede venir que pase de claro en claro la fuerza de su muro. Pero el triste que, desarmado y sin proveer los engaños y celadas, se vino a meter por las puertas de tu seguridad, cualquiera cosa, que en contrario vea, es razón que me atormente y pase rompiendo todos los almacenes en que la dulce nueva estaba aposentada. ¡Oh malaventurado Calisto! ¡Oh cuán burlado has sido de tus sirvientes! ¡Oh engañosa mujer Celestina! ¡Dejárasme acabar de morir y no tornaras a vivificar mi esperanza, para que tuviese más que gastar el fuego que ya me aqueja! ¿Por qué falsaste la palabra de esta mi señora? ¿Por qué has así dado con tu lengua causa a mi desesperación? ¿A qué me mandaste aquí venir, para que me fuese mostrado el disfavor, el entredicho, la desconfianza, el odio, por la misma boca de ésta que tiene las llaves de mi perdición y gloria? ¡Oh enemiga! ¿Y tú no me dijiste que esta mi señora me era favorable? ¿No me dijiste que de su grado mandaba venir este su cautivo al presente lugar, no para me desterrar nuevamente de su presencia, pero para alzar el destierro, ya por otro su mandamiento puesto ante de ahora? ¿En quién hallaré yo fe? ¿Adónde hay verdad? ¿Quién carece de engaño? ¿Adónde no moran falsarios? ¿Quién es claro enemigo? ¿Quién es verdadero amigo? ¿Dónde no se fabrican traiciones? ¿Quién osó darme tan cruda esperanza de perdición? 

MELIBEA.- Cesen, señor mío, tus verdaderas querellas; que ni mi corazón basta para lo sufrir ni mis ojos para lo disimular. Tú lloras de tristeza, juzgándome cruel; yo lloro de placer, viéndote tan fiel. ¡Oh mi señor y mi bien todo! ¡Cuánto más alegre me fuera poder ver tu faz que oír tu voz! Pero, pues no se puede al presente más hacer, toma la firma y sello de las razones que te envié escritas en la lengua de aquella solícita mensajera. Todo lo que te dijo confirmo, todo lo he por bueno. Limpia, señor, tus ojos, ordena de mí a tu voluntad.

CALISTO.- ¡Oh señora mía, esperanza de mi gloria, descanso y alivio de mi pena, alegría de mi corazón! ¿Qué lengua será bastante para te dar iguales gracias a la sobrada y incomparable merced que en este punto, de tanta congoja para mí, me has querido hacer en querer que un tan flaco y indigno hombre pueda gozar de tu suavísimo amor? Del cual, aunque muy deseoso, siempre me juzgaba indigno, mirando tu grandeza, considerando tu estado, remirando tu perfección, contemplando tu gentileza, acatando mi poco merecer y tu alto merecimiento, tus extremadas gracias, tus loadas y manifiestas virtudes. Pues, ¡oh alto Dios!, ¿cómo te podré ser ingrato, que tan milagrosamente has obrado conmigo tus singulares maravillas? ¡Oh cuántos días antes de ahora pasados me fue venido este pensamiento a mi corazón y por imposible le rechazaba de mi memoria, hasta que ya los rayos ilustrantes de tu muy claro gesto dieron luz en mis ojos, encendieron mi corazón, despertaron mi lengua, extendieron mi merecer, acortaron mi cobardía, destorcieron mi encogimiento, doblaron mis fuerzas, desadormecieron mis pies y manos; finalmente, me dieron tal osadía que me han traído con su mucho poder a este sublimado estado en que ahora me veo, oyendo de grado tu suave voz. La cual, si antes de ahora no conociese y no sintiese tus saludables olores, no podría creer que careciesen de engaño tus palabras. Pero, como soy cierto de tu limpieza de sangre y hechos, me estoy remirando si soy yo Calisto, a quien tanto bien se le hace.

MELIBEA.- Señor Calisto, tu mucho merecer, tus extremadas gracias, tu alto nacimiento han obrado que, después que de ti hube entera noticia, ningún momento de mi corazón te partieses. Y aunque muchos días he pugnado por lo disimular, no he podido tanto que, en tornándome aquella mujer tu dulce nombre a la memoria, no descubriese mi deseo y viniese a este lugar y tiempo, donde te suplico ordenes y dispongas de mi persona según querrás. Las puertas impiden nuestro gozo, las cuales yo maldigo y sus fuertes cerrojos y mis flacas fuerzas, que ni tú estarías quejoso ni yo descontenta.

CALISTO.- ¿Cómo, señora mía, y mandas que consienta a un palo impedir nuestro gozo? Nunca yo pensé que demás de tu voluntad lo pudiera cosa estorbar. ¡Oh molestas y enojosas puertas! Ruego a Dios que tal fuego os abrase como a mí da guerra; que con la tercia parte seríais en un punto quemadas. Pues, por Dios, señora mía, permite que llame a mis criados para que las quiebren.

MELIBEA.- ¿Quieres, amor mío, perderme a mí y dañar mi fama? No sueltes las riendas a la voluntad. La esperanza es cierta, el tiempo breve, cuanto tú ordenares. Y pues tú sientes tu pena sencilla y yo la de entrambos; tú, solo dolor; yo, el tuyo y el mío, conténtate con venir mañana a esta hora por las paredes de mi huerto. Que si ahora quebrases las crueles puertas, aunque al presente no fuésemos sentidos, amanecería en casa de mi padre terrible sospecha de mi yerro. Y pues sabes que tanto mayor es el yerro cuanto mayor es el que yerra, en un punto será por la ciudad publicado.

CALISTO.- ¡Oh mi señora y mi bien todo! ¿Por qué llamas yerro aquello que por los santos de Dios me fue concedido? Rezando hoy ante el altar de la Magdalena, me vino con tu mensaje alegre aquella solícita mujer.



"Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una deleitable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte".
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